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ELLA

1 octubre, 2011
vivien_leigh_and_clark_gable

¡Plas!

Solo una bofetada siguió a la mirada verde. Y después, un megalítico silencio.

Cuando su cabeza se movía bruscamente hacia un lado, encajando el golpe, el tiempo se detuvo, y en una lúcida milésima de segundo la cadena de acontecimientos, que habían desembocado en aquella sonora bofetada, se precipitaron en un pase privado dentro de la sala de su cerebro.

El primer cuatrimestre. Día uno, día dos, día tres… Solo, inmerso en una marginación voluntaria. Su lugar: el lado izquierdo de la clase, filas finales. Nunca había sido bueno haciendo amigos, y siendo cuatro años mayor que el resto de sus compañeros, la brecha de edad semejaba infranqueable. Exámenes: 4 aprobadas, 1 suspensa (In September we trust!).

Despido. Paro. Segundo cuatrimestre. Día uno, día dos: soporíferas explicaciones de asignaturas que no le interesan. Las paredes de la clase, con aforo para doscientas personas más un profesor, catedrático del tedio, parecen echársele encima.

Día… TRES.

“Ahora poneros en pequeños grupos y comentad lo que he explicado. Anotáis vuestras conclusiones en un papel y me lo entregáis.”

Mirada cruzada con una chica de ojos verdes, intensos, brillantes, como una botella de cerveza Heineken. La primera vez que repara en ella, discreta, cautivadora, misteriosa y a la vez dulce. Una sonrisa y es ella quien se levanta y se sienta a su lado. Es ella quien coge un papel y comienza a escribir, él dicta ante la disposición de ella. La letra es suave, redondeada, ligeramente inclinada. No hay faltas de ortografía. Ella le pregunta su nombre, lo coloca el primero en el margen superior derecho, a continuación el de ella. El profesor apunta que ya pueden marcharse, ella recoge sus cosas y se va. “Entrégalo tú” es lo último que le dice. Al leer el escrito se da cuenta de que ella no ha puesto nada de lo que él le ha dicho. Sonríe y entrega la reseña.

Día cuatro. Día cinco. Fin de semana. Día seis, día siete. Ella no ha venido. Mira apesadumbrado hacia su mesa. Se abre la puerta, ahí está. Sin darse cuenta sonríe, ella ni lo mira ni lo ve. No está sola, se sienta al lado de otro chico. Cuchichean y ríen. Siente celos, la mira, ella no se da cuenta. Descanso. Ella sale, no vuelve.

“Ahora poneros en pequeños grupos y comentad lo que he explicado. Anotáis vuestras conclusiones en un papel y me lo entregáis.”

Un nuevo grupo. Gris. Otra, no ella, escribe lo que él dicta con letra angulosa y recta. Pone su nombre el último, en el margen inferior izquierdo. Otro lo entrega. Ella no ha venido, ella no ha vuelto…

Día ocho, día nueve, día diez… día veinticuatro. Ha venido. Ella ha venido. Se sienta en su misma fila, en el otro extremo de la clase. Ella está sola, no sale en el descanso.

“Ahora poneros en pequeños grupos y …”. Él corre a su lado, ella lo saluda distraída mientras chatea con su iPhone. “Pero esta vez no me lo entreguéis”. No hablan, no importa. Puede sentirla, oler su perfume, con matices hierbales y un toque dulce al final. Los reflejos cobrizos que el sol revela en su pelo. En su muñeca puede sentir sin tocarla su pulso, la cadena de latidos emitidos por el corazón de ella, y que él puede ver. Querría decirle algo, iniciar una conversación de galán en blanco y negro. ¿Preferirá ella a Bogart o a Gable? La imagina sentada frente al televisor, con los fotogramas bicolor en pantalla. Sonriendo con los truhanes, burlándose de las recatadas damas. Cálida y feliz. El profesor se acerca, pregunta por las conclusiones, él responde, ella no se inmuta. La clase termina, ella se despide y se va. Huye y se aleja. Él la mira escapársele por la ventana.

Días veinticinco y veintiséis. Veintisiete, ocho, nueve… Día sin número. Ya no los cuenta.

“Ahora poneros en pequeños grupos y comentad lo que he explicado. Anotáis vuestras conclusiones en un papel y me lo entregáis.”

“¿Estás solo?”. Afirma. Es una impostora, lo sabe sin mirarla. Es la chica más llamativa de clase, la de las mechas rubias, el pelo siempre liso, el pronunciado escote, el tanga visible sobre la cintura del pantalón, los ojos pintados de negro abismal. Le cuesta seguir el ritmo escribiendo con letra infantil, caligráfica, de personalidad nula lo que él dicta. Escribe sin tildes, colocando bes en lugar de uves. Él, desesperado, corrige y escribe los nombres de ambos donde una vez los escribió ELLA. Lo entrega. Vuelve a su sitio, la impostora no se ha ido, en la siguiente clase se acerca más a él, busca el roce, acaricia su pierna, sube un poco más mientras él mira el sitio vacío en el que la ausencia se personifica como centro del universo de él.

Acaba la clase. Sale corriendo, ahora es él quien huye, no quiere una imitación. La quiere a ELLA. Ella y sus silencios, sus ojos verdes, su olor a hierba cortada. Ver Casablanca abrazándola, sonreír juntos por el cruel destino de Baby Jane, descubrir de nuevo y junto a ELLA el significado de Rosebud para Kane.

Hoy.

La impostora ha vuelto a sentarse a su lado, le pregunta por qué siempre mira hacia las filas vacías del otro lado, él no responde. La impostora cruza los brazos, intensifica su canalillo, él no puede evitar mirar y entonces la ve a ELLA, los mira. Lo ha mirado. ¿Sorpresa, incredulidad… celos? ¿Qué quieren decir esos ojos verdes y los párpados que los abrazan? Se sienta en el sitio de siempre junto al otro él.

Llega el profesor. Él da alas a la impostora, la acaricia, deja que lo acaricie furtivamente por debajo de la mesa. El profesor habla de historia. La mira a ELLA, y por primera vez ELLA le devuelve la mirada. Se crece, necesita una chispa que provoque en ELLA la catarsis, que la empuje a ir a por él. La impostora mira hacia donde está ELLA, se da cuenta de todo y siente ganas de gritar. Él la besa, el profesor se calla, atónito.

¡PLAS!

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