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.:: Musa atormentada ::.

29 enero, 2010

Caminaba sola por un parque.

Ella, que se vestía de colores alegres para engañar a la tristeza del alma, la huésped de muchas camas pero dueña de ninguna. La que con solo 16 años había perdido el rumbo de su vida y se había entregado al libertinaje en un ultimo esfuerzo por respirar.

Ella, quien al fin había encontrado a una persona especial para su vida, alguien que dejaba su pasado atrás, alguien con quien compartirlo todo que acababa de decirle que nunca jamás volvería a su lado.

Pero lo entendía, ella hubiera hecho lo mismo, exactamente. No lo culpaba, sabía que la culpable era ella al haber empezado demasiado pronto a amar un amor sin razón que le quitó la inocencia y le impidió ser madre. Se habían aprovechado de ella, primero en la cama y luego en el quirófano. Uno por no preocuparse de la persona que mas lo amaba, ella se quedó embarazada. Otro por aprovecharse de las desgracias ajenas, ella perdió el útero en el aborto. Y allí acabó todo.

Llevaba muerta desde aquel día. El mismo día en que la habían despojado de su amor y de su bebé. Y ahora las cosas volvían a repetirse.

Mientras caminaba iba recogiendo piedras del camino y guardándolas en sus bolsillos. Su mente le recordaba lo sola que estaba. Estás sola. Sola. Estaba sola.

Se volvió a jurar a si misma que nunca mas volvería a amar. No necesitaba ser la señora de nadie, ni la esposa, simplemente una amiga que cambiaba sexo por un poco de cariño y atención. Sabía que era vulnerable, pero eso ella no había podido evitarlo. A veces su corazón tenía espasmos de su antigua vida y ella no podía controlarlo. Dos veces en toda una vida, pensó, no esta mal.

Llegó al gran río que pasaba por aquel parque. Lo miró y respiró profundamente cerrando los ojos. Alzó los brazos y una lágrima rodó por su mejilla para acabar recordándole a sus labios el sabor salado de estas. Y allí, mecida por una suave brisa y ante un río demasiado tranquilo recordó que ya estaba muerta. Que llevaba más de dos décadas agonizando, pero que ya estaba muerta.

Se quitó los zapatos y entró en el río. El agua estaba fría, no le importó. Metió las manos en los bolsillos, cogió una de las piedras y la lanzo haciéndola rebotar sobre la superficie del río.

El cielo podía esperar.

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