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De las sábanas al lienzo: La menina oculta

1 febrero, 2010

– Sed sincero- Juan José de Austria lo miraba con un extraño brillo en los ojos-, ¿creéis que seréis capaz de lograrlo?

Diego Da Silva asintió mientras con los largos dedos atusaba su barba. Su semblante taciturno evocaba la grandiosidad que plasmaba en todas sus obras. Juan José no había aprendido a suplicar y, a sus veintisiete años, estaba decidido a no hacerlo jamás.

– Mi padre está al corriente de todo, y me ha dado su consentimiento. He hecho un largo viaje desde Flandes solo para hablar con usted, espero que sepa apreciar el riesgo que me supone, y se dé cuenta de lo importante que esto es para mí ? se levantó, desató una saca de cuero del cinturón y la dejó caer sobre la mesa.

Diego alargó su esquelética mano para indicarle que volviera a sentarse.

– Soy un hombre de honor. Os aseguro que vuestra madre formará parte de la obra que ahora me ocupa, pero lo haré no por unas cuantas monedas, si no porque vuestra cara se me antoja similar a la mía y el brillo de vuestros ojos me ha resultado inspirador. Partid con Dios.

Cuando Juan José abandonó el estudio, se acercó al lienzo situado en la parte más luminosa de la estancia y retiró cuidadosamente la fina tela que lo cubría. Embriagado por el brillo de los ojos del hombre, preparó sus herramientas y poco después, pincelada a pincelada, lo trasladó al espejo que había de reflejar los bustos de Felipe IV y su esposa. Trabajó hasta que la luz dejó de ser generosa.

Unos días más tarde, llegó el momento de autorretratarse dentro de la obra, ayudado por un espejo y el recuerdo de Juan José. Decidió presentarse como un caballero reflexivo, intentando demostrar así su condición de artista e intelectual. La juventud lo había abandonado hacía demasiado tiempo, sin embargo, decidió permitirse el pequeño lujo de retratarse como había sido quince años atrás, incluso mejorado. Cuando su mujer observó el resultado, rió divertida al preguntarle si estaba seguro de que su vista no lo había abandonado.

Los meses pasaron, las visitas de la infanta Margarita, su séquito de damas de compañía y el resto de los que habían de aparecer en el cuadro trastocaban el usualmente tranquilo estudio del pintor. El rey observaba todo divertido. Una tarde, cuando la niña ya se había retirado y se habían quedado solos, ambos tomaron asiento.

– ¿Sabe usted como conseguirá ya que Doña María aparezca en el cuadro? Le pido absoluta discreción, debe aparecer pero solo hemos de saberlo nosotros y mi hijo. Si la reina se diese cuenta, no se vería satisfecha hasta cortar la maravillosa cabellera de mi amante.

El Maestro pasaba horas observando el retrato de la bella María, su cabello dorado repleto de bucles. Aparecía sentada con un pequeño perro en los brazos. Era sin duda una tarea complicada el conseguir que la mujer formara parte del cuadro, pero su honor no le permitía faltar a una promesa. Fue entonces cuando la fugaz idea rondó sus pensamientos, y entonces lo vio claro.

Al fin llegó el día en el que la obra, titulada ?Las Meninas? fue presentada en la corte. Las amplias proporciones del cuadro y la mano diestra de Diego, o Velázquez, como era más conocido, dejaron impresionados a todos los que tuvieron el honor de disfrutarla. El Rey había quedado gratamente satisfecho con el trabajo del pintor, y fue generoso a la hora de recompensarlo por ello.

Cuatro años más tarde, el pintor falleció con la única espina de saber qué pensaría Juan José de su obra. No fue hasta 1669 cuando, después de soportar el destierro y ser nombrado Virrey de Aragón, él se encontró frente a la colosal obra. Observó cada trazo, cada detalle, durante horas. Pero su madre no aparecía en aquel cuadro. Ordenó que le trajeran las mejores botellas de vino, y bebió hasta perder la decencia. Maldecía a gritos, sentado frente al cuadro, solo en la amplia estancia.

– Maldito viejo diablo, yo os maldigo, a vos y a mi padre, por afirmar que mi madre aparecía en este maldito cuadro del que tanto he oído hablar. Juro por todo mi honor?- intentó levantarse, pero debido a su embriaguez trastabilló y calló al suelo.

La luz del atardecer inundaba la estancia, y así Juan José de Austria, postrado en el suelo, fue cegado por un fuerte destello dorado que le impedía ver el cuadro. Un dorado único que él solo había visto en los cabellos de su madre. Tras varios intentos consiguió volver a ponerse en pie, tapó la intensidad de luz con su cuerpo y entonces lo vio. Los cabellos de su madre, su rasgo más significativo, plasmado no solo en el cuadro, si no en el mastín de la reina. Sonrió.

– Pícaro viejo? – dijo para sí- Pícaro viejo…

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