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.:: La hiena es el único ser que ríe mientras mata ::.

1 marzo, 2010

Cogió el teléfono.

– Oye, soy yo, que estoy en casa de esta. ¿Cómo andas de pasta en la tarjeta este mes?

– Pues como el culo, porque me tienen que cargar 146 € mañana y estoy ñapas.

– Tía, es que es para comprar el billete. Venga, que te lo doy mañana, que lo tengo aquí. ¿Qué más te da?

– A ver…- le da los datos- ¿Cuándo te vas?

– Mañana a las seis. Pasamos por tu casa a las nueve y ya te doy el dinero.

– Vale, deica.

– Nos vemos.

Al día siguiente él entró en la casa acompañado de su novia.

– Mira lo que me compré en el rastro- le enseña una palestina y un pendiente entre otras cosas-. Espera que te doy el dinero- deja 20€ encima de la mesa, insuficiente-. Ya te daré el resto, que no me queda más- sonríe.

Ella lo miró con rencor. Recordó que la tarde anterior, después de la llamada, había pensado que eso exactamente era lo que iba a ocurrir, pensamiento que había sustituido por el de “Es mi mejor amigo, no me va a hacer la faena”. Apretó los puños para no cruzarle la cara y echarlos a los dos de su casa.

– Pues no me hace gracia, ninguna. Te dije que lo necesitaba, y tú ni caso.

– A ver, que no me queda más, mañana te lo ingreso.

– Claro, para devolverme la pasta no hay, pero para ir de fiesta y comprar medio rastro si. No me jodas.

– No te pongas así…

– Me pongo como me da la gana.

Se callaron. Ella le habría dicho mil cosas, pero se cortó porque la novia estaba delante y no quería fastidiarles el último día. Se fue a clase mascando el odio, el rencor mezclado con la traición. La traición de que la nueva meta de la novia sea conseguir cambiarla para que sea “menos macarra”. La traición de él por no haberle dicho que no intente cambiar a su mejor amiga. En ese preciso momento, fue cuando sintió el dolor por la falta de lealtad, lo que ella más valora en la amistad.

Volvió a casa al mediodía, rebuscó entre las pocas cosas de la despensa y puso a cocer algo de pasta. Al rato, ellos salieron de la habitación y se fueron a comprar algo para comer con dos ojos indignados clavados en sus nucas. Cuando volvieron, la situación era tensa. La televisión fue la única que se atrevió a romper el silencio.

– No tenía que haberlo hecho- dice el mientras busca su cara más conmovedora. Ella echa en falta un “perdón” en sus palabras.

A las cinco y media, ellos intentaron convencerla de que los acompañara a la estación. Se negó, mientras hacía el tonto, para quitarle importancia al asunto, pero su respuesta era firme. Él la miró fijamente, se conocen, ella sabía lo que le quería decir: “Tienes que venir, porque cuando me valla mi novia va a llorar y no quiero que se quede sola”. Ella le hubiera dicho mil cosas, pero las resumió todas en un simple “No” más serio que el resto. Ellos se dieron por vencidos.

Y con un portazo, ella fue invadida por la certeza de que ya no volvería a ser lo mismo, nunca.

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