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Bajo la nieve

9 marzo, 2010

Al abrir los ojos por la mañana temprano, observó la silueta de Sergio, dibujada por la luz que entraba entre las rendijas de la persiana medio cerrada. Cuando dio una calada al cigarro se le iluminó tenuemente la cara, y Alba se dio cuenta de que miraba hacia la nada, pensativo, y lo sintió más distante que nunca. Un escalofrío recorrió su espalda bajo el edredón y cerró los ojos de nuevo para dormir un poco más.

No despertó completamente hasta bien entrado el mediodía, y él ya no estaba a su lado. Odiaba despertarse sola, pero lo que más la preocupó fue que era la primera vez que él abandonaba la cama sin despertarla con un beso o una caricia, la primera vez que dormían juntos y no escuchaba su voz grave dándole los buenos días nada más abrir los ojos. Al ponerse en pie le temblaron las piernas, fue al baño y se echó agua fría en la cara para despejarse, recogió lo que llevaba puesto el día anterior y lo metió en el cesto de la ropa sucia. Rebuscó en el armario de Sergio, se puso una amplia camiseta que apenas llegaba a cubrirle un poco las piernas y se dirigió a la cocina.

Estaba sentado, con las piernas estiradas y los pies encima de la mesa, bebiendo leche directamente del cartón y leyendo una revista de arqueología. Al verla entrar sonrió mientras le daba los buenos días con un beso y la acariciaba por debajo de la camiseta. Ella cogió una taza y se sirvió del mismo brick. Apenas se dijeron nada. Aquella tarde vieron una película agazapados bajo una manta y Alba creyó descubrir una sombra triste cuando lo miró antes de decirle que la llevara a casa.

Ya en el coche, sintió las lágrimas de impotencia intentando abrirse paso, las sometió con esfuerzo, dándose cuenta de que él no le acariciaba la pierna tras los cambios de marcha como solía hacer. Una cortina de incómodo silencio se alzaba entre ambos haciéndose cada vez más opaca, sin que ella pudiese entender lo que pasaba. Al llegar, Sergio aparcó el coche frente a la puerta y se quedó un momento callado, Alba abría la puerta cuando la agarró del brazo y le pidió que volviera a entrar. Todas las alarmas se dispararon cuando él le dijo que no iba a subir.

– Me voy.

– ¿A casa? Venga pequeño, sube un rato. Lo pasaremos bien – en un último movimiento desesperado por evitar enfrentarse a la realidad, se acercó a él y comenzó a acariciarle la entrepierna. Él la apartó firmemente.

– Escúchame. Me voy de Madrid, mañana. Quiero alejarme un poco de todo.

Álex no pudo contener las lágrimas por mas tiempo.

– ¿De mí también?

– De todo- dijo mirándola a los ojos, sin el menor atisbo de compasión ante el dolor que ella sentía a ver como todos sus sueños se desmoronaban-. Quiero ver mundo, ser libre, vivir algo parecido a una aventura. Y supongo que aquí se acaba todo entre nosotros. Sé que…

– ¿Que me vas a decir Sergio? ¿Que podemos ser amigos? ¿Que encontraré a otro chico que me quiera?

– Tranquila, desapareceré de tu vida con todo lo que pueda recordarte a mi, pronto me olvidarás y…

– No quiero olvidarte. Eres mi vida ¿no lo entiendes? No me dejes, por favor.

– Preciosa, aquí se acaba todo, debe ser así.

– Creí que eramos un equipo- los sollozos le impedían pronunciar claramente, pero él no mostró más que frialdad-. Socios. Prometiste no dejarme nunca. Hasta ayer estábamos bien.

– Ayer es ayer y hoy es hoy. Bájate del coche, por favor.

– ¿Esto es todo, así, sin mas? Sin una explicación, sin…- no pudo terminar.

Abrió la puerta y ya con un pie en la acera, miró hacia atrás para que él la abrazara y le dijera que todo aquello no era más que una broma cruel, pero no pasó. Tras cerrar, se quedó en la acera bajo la nieve que caía despacio, siguiendo el coche con la mirada mientras arrancaba y se alejaba. Esperó más de un cuarto de hora, petrificada, hasta que finalmente el portero le abrió la puerta y se dio cuenta de que Sergio ya no volvería.

Se había acabado todo, en un segundo su vida había perdido el sentido, se sentía abandonada. Tiró la alianza de plata que él le había regalado por su primer mes juntos a una alcantarilla y llorando corrió hacia el interior del edificio. Al llegar a su dúplex, el 223, se tiró sobre la cama y pasó toda la noche mordiendo la almohada para que los vecinos no la oyeran gritar de dolor al sentir su corazón hecho trizas.

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