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.:: Réquiem por el artista dragón ::.

14 marzo, 2010

El día que lo conocí fue simplemente uno de aquellos en los que no imporataba el calendario, solo el reloj. Sobre las cuatro de la tarde salí de casa para ir a timbrarle a una amiga, comenzó a llover y me resguardé bajo unos soportales. Allí estaba un chico, imposible saber si tenía treinta años bien llevados o veinticinco muy vividos, pero al ver sus brazos, se hacía evidente la segunda opción. Estaba sentado en unas escaleras, y aún así se notaba que era muy alto. Estaba demasiado delgado, sin músculos, sin fibra, solo piel sobre huesos. Su rostro era un recurdo borroso de mil sonrisas y guiños de otro tiempo, o eso quise imaginar. Nada de eso me llamó la atención, pero no pude dejar de mirar, mientras pasaba el chaparrón, como sus manos, armadas simplemente con un carboncillo demasiado gastado y unas Alpino posiblemente robadas, daban vida en el papel a un ser mitologico de bellos colores y de mirada intensa, tan intensa como la del autor.

Me descubrió observándolo y me invitó a sentarme a su lado. En una edad en la que el bien y el mal se antojan simples, me asusté, pero la mirada de cerulosa y grafito del dibujo me tenían atrapada, así que acepté la invitación. Alli sentada, descubrí que, muchas veces lo único que necesita una persona es un poco de compañía. Dejó de llover, pero yo no podía irme de allí sin ver la obra terminada. Como hacía frio y él no tenía abrigo, lo invité a tomar un café, me miró extrañado, pero vino conmigo. La gente nos miraba demasiado, pero él estaba acostumbrado. Por fin en un lugar calentito, ya viendo al artísta como persona y no como desecho, seguí hablando con él, descubriendo vida y penurias que solo me interesaban a mi. Fueron dos horas que pasaron como una revelación.

Cuando acabó de dar el último trazo, una llamada perdida me devolvió a la rutina. “Tengo que irme”, le dije. Enrolló la lámina y me la tendió, “Para ti”, me dijo “Aprovecharé y me quedaré aquí un rato” sonrió sincero. PAgué los dos cafés con veinte euros, todo lo que tenía. “Lléva el cambio a la mesa”, le pedí a la camarera. Y me fui.

Volví a verlo un par de meses más tarde, no me reconoció, iba ciego con el mono, buscando más inspiración, buscándo a su propio dragón que lo llevaba volando a un mundo que se le antojaba mejor. No pude evitar sonreir al verlo de nuevo.

Poco despues me enteré de que había muerto, el último bohemio, el Artísta Dragón. Abrí una vez más la lámina, estando junto a mi novio, a él le encantó el dibujo y se lo cambié por una sonrisa, con el tiempo él hizo lo mismo. Ese dibujo, sin nombre, viajando de manos en manos, lo mantiene vivo, despues de todo.

Espero que seas feliz allá donde estés, volando entre mil dragones de todas las tonalidades que conseguías con doce alpino. Donde ya no necesites que nada te haga olvidar, donde seas feliz una vez más.

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One Comment
  1. Es verdad que a veces lo único que alguien quiere es un rato de compañía de otro ser humano. Es cierto que las drogas destrozas y se llevan lo mejor.
    Un hermoso relato.

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