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.:: Por qué ::.

25 marzo, 2010

Se dio un baño largo y espumoso, dejando su piel fragante con la mezcla de mil sales y espumas. Degustó una copa de vino rosado y cuando la vela de té se apagó debido al ataque de una gota traviesa, abandonó el agua. Antes de envolverse en la toalla, encendió un cigarrillo, seguía dándole vueltas. No sabía por qué lo hacía, no era ella, se arrepentía antes de hacerlo, pero aun así… Apagó la colilla en el lavabo y se envolvió en la toalla, fue caminando suavemente pero rápido esperando no cruzarse con ninguno de sus compañeros de piso.

Ya en la habitación, se despojó de la toalla y se enfrentó a la realidad de su armario. Apartó la ropa que más se ponía, aquella cena de empresa le exigía arreglarse. Miró las muchas camisetas de fiesta que sus amigos siempre se sorprendían al encontrarlas por su habitación, jamás se las había puesto con ellos. Él le había pedido que llevase una azul atada al cuello. La observó mientras su húmeda melena dejaba repiquetear gotas a lo largo de toda la espalda. Hacía tres años que no se la ponía, desde aquel otro “él”. La tiró encima de la cama y eligió unos vaqueros ajustados. Esa no era ella, pensó. Daba igual.

No prestó atención a la ropa interior, eligiendo un sujetador negro sin tirantes y un culotte verde. Echó mano a una holgada camiseta de cualquiera de los otros “él” había olvidado allí y se dirigió de nuevo al baño. Miró el reloj, aún tenía dos horas, perfecto. Le llevó cuarenta y cinco minutos arreglarse el pelo, dejarlo completamente liso y asegurarse de que seguiría así al menos hasta por la mañana.

Él, el él actual, le había pedido con ojos de cordero degollado que lo acompañara a la cena de la empresa. No había estado obligada a aceptar, rechazar la invitación habría sido tan fácil… Pero se lo vendió bien: borrachera gratis, ningún compromiso, solo una fiesta más. Ahora se daba cuenta de que era un error, a pesar de haber puesto límites, de dejar claro que no permitiría la más mínima muestra de afecto en público, pero al ir podía crear en aquel corderito las esperanzas que ella se había encargado de podar pacientemente. Nunca se quedaba a dormir, no había dejado nada suyo en su casa, no le había presentado a sus amigos y ahora, iba a ir a una cena con él. Fantástico.

Se maquilló a desgana, pero se sorprendió del resultado. Los polvos que había tomado prestados de su madre parecía milagrosos. Fue a la habitación y se vistió. Evitó mirarse en el espejo, se aseguró de llevar todo en el bolso y salió

No estaba segura de nada, pero allá fue, hacia delante. Siempre hacia delante.

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