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.:: Desde Rusia con amor ::.

7 abril, 2010

Al despertar, Ivana echó en falta su guardapelo. Buscó por toda la casa, en cajones, alacenas, armarios, bolsillos de prendas olvidadas en el vestidor… pero no encontró lo que buscaba. A pesar de la necesidad de seguir buscando, se arregló con prisa y salió hacia el trabajo. La reunión de las once fue un buen momento para permanecer callada, invisible, cavilando cual podría ser el escondite de su reliquia perdida. Se le ocurrieron varios sitios que descartó, pues sabía que lo perdido nunca aparece en los lugares más probables, si no en los insospechados. Como una pequeña sorpresa. Se acercaba la hora límite, alegó un problema familiar y corrió hacia su casa para continuar con su infructuosa búsqueda durante horas, desesperada, intentó sin éxito conseguir una gemela de la ampolla que guardaba dentro del guardapelo. Sentada en la cama, con la cabeza apoyada en las manos, que se enredaban en su lacia melena, decidió enfrentarse a su destino. Se alisó la falda al levantarse y, con paso firme para ocultar su nerviosismo, se dirigió hacia el Café Mouskin. Allí la esperaba Sergei, ese sucio traidor que había intentado vender a su amado gobierno por cuatro míseras perras, menos mal que el KGB cumplía su misión, sin excepciones. Y ella había perdido el castigo que debía aplicarle, sumamente gustosa, a esa rata que le sonreía al otro lado de la mesa. Él pidió un vodka, en el que Ivana, si su sino no hubiese decidido jugar al escondite con el guardapelo, habría vertido disimuladamente la dosis mortal de Talio que contenía la ampolla. Pero el soplón saldría libre, por esta vez…

Ivana… – La voz resonó en su cabeza, silenciando el murmullo del café y alejándola de aquella mesa, aquel vodka aquella rata sonriente…

-Ivana… – su marido la despertó susurrando su nombre mientras besaba su pálido cuello.

Ella se levantó rápidamente, como impulsada por un resorte, revolvió como en su sueño toda la casa sin que su esposo se atreviera a abrir la boca, y terriblemente asustada por lo que el KGB podría hacerle, no solo a ella, si no a su familia, tartamudeó al borde de las lágrimas.

– ¿Has… has visto mi guardapelo?

– No. ¿Tienes uno, desde cuando?

– Eso no importa Dimitri, si no lo encuentro estamos muertos.

– Asuntos oficiales, supongo- ella se limitó a asentir con la cabeza-. Vale, vale… está bien. Pensemos un poco…

– Se nos escapa el tiempo…

-¿Recuerdas dónde lo llevabas por última vez? preguntó.

-No, contestó ella.

-¿Tienes idea- preguntó él- de dónde puedes haberlo perdido?

– No -contestó ella-. No tengo ni la menor idea.

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One Comment
  1. Hay obsesiones que nunca nos abandonan, las graban a fuego en nuestra alma…

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