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.:: Qué preocupa a Rango ::.

28 abril, 2010

.:: Historias complicadas ::.
Capítulo 2

“¿No eres tú el que siempre ha creído en el destino? Pues ahora apechuga.”

Las palabras de Amanda se incrustaron en su cabeza y lo acompañaron durante su solitaria vuelta a casa a las oscuras y poco amigables ocho de la mañana. No tenía sueño, pero el tiempo comenzaba a tornarse frío y hostil, el vello de sus brazos se puso de punta aunque, absorto en sus pensamientos, no lo percibó. El Rango, ese cabrón sin sentimientos, el jodido fucker… ese era él. El sms de “Wns dias” que Ariadna, una virginal niña de diecisiete, le mandaba a diario se lo recordó, otra que había caído en la trampa, una sacerdotísa más de su harén lleno de promesas de sexo que las concuvinas, a veces, confundían con amor. Lo borró sin leerlo y apagó el móvil.

A sus tiernos diecinueve años, Rango consideraba que había vivido más experiencias de las que debería, posiblemente por haberse juntado siempre con su hermano, cuatro años mayor. A partir del mes de Junio, desde aquel día fatídico que un “Me han aceptado” hizo tambalearse su mundo, había cambiado su alma por frialdad, y cubierto su corazón por una consistente capa de granito que lo mantenía protegido y ciego, dejando a su cabeza cuadriculada llevar el mando sin oposición. Nunca habría nadie como Sora, nadie que lo hiciera sentir igual, estaba convencido. Lo cierto es que la relación había decaído antes de que decidieran romper, pero no es fácil abandonar casi tres años de cómodo cariño rutinario. Era hundirse o salir a flote, y en el fondo, Rango era un superviviente nato. Engañó a su soledad con sexo, sexo y más sexo, falto ya de toda esperanza. ¿Y Sora? Podía irse a estudiar a Vigo tranquila, la vida seguiría con o sin ella.

Ámsterdam, la promesa de un año lejos de toda la mierda que lo acechaba en Madrid, de un cambio, de un respiro, de una oportunidad. No pudo negarse, seguro de que le vendría bien una poca de distancia para enfrentarse a todos los cambios que había ido aceptando aquel verano aun sin asumirlos. Sus padres fueron tajantes “Ni se te ocurra irte, es una locura”, pero desde que se había ido a vivir solo hacía ya un año, no tomaba sus opiniones demasiado en cuenta. Sus amigos lo animaron “Es lo que quieres, adelante”. Lo que, inconscientemente, él esperaba oir, nunca llegó a pronunciarse. Ni tan siquiera Amanda, su compañera de juegos favorita, le había dado la suficiente importancia para susurrar un tímido “Quédate, por favor”. Aunque claro, despues de saber que estaba enamorada de su hermano, no le dolía tanto. Él era una parte de la terapia para aquella universitaria de veintidos años, un juguete, nada más. Y lo que él sentía por ella no era más que veneración. Tema zanjado.

Pero el destino, del que él era creyente, jugaba sus cartas implacable, incluso con crueldad disfrazada de ironía. Su camino se cruzó con el de Silvia el mismo día que pagó la fianza del piso de Ámsterdam, en el momento en el que ya no había marcha atrás. Y lo que tendría que haber sido un polvo salvaje, se convirtió en una amenaza directa. En apariencia, aquella chica era como él, dejaba los sentimientos a parte, y si la cosa se ponía romántica…¡agur yogurt!. Sin embargo, un día que él estaba perdido en sus pensamientos, secretamente asustado por su inminente marcha, fue ella la que susurró un sorprendente, y a pesar de todo, sincero “¿Qué te pasa?”. Saltaron todas las alarmas, y sin embargo ni ella ni Rango huyeron de la situación. Faltaban veinte días para que aquel viaje.

Poco a poco cayeron en la trampa, la ilusión renació, en el granito aparecieron grietas, se centraron el uno en el otro, sin darse cuenta de que habían convertido a sus otros amantes en llamadas perdidas y mensajes sin contestar. Silvia sabía que él se tenía que ir, y no se creía con derecho a pronunciar aquel “Quédate” que Javier necesitaba escuchar, aunque la llenaba de impotencia saber que pasaría un año lejos de él. Por su parte, Rango puso las cartas sobre la mesa: aún no podemos estar juntos, muñequita, y no vamos a dejar de disfrutar por eso. Tú seguirás con tu vida, y yo con la mía… veremos qué pasa cuando vuelva. Eran libres, o creían serlo.

Y aquella misma noche, Rango se dio cuenta de que la quería. Intentó engañarse, olvidarse de ese pensamiento corrosivo con una rubia exuberante en los baños de un pub irlandés. Gustavo le dejó un comentario en su blog, que Silvia leyó. Una discusión telefónica, ella estaba dolida y él, sintiéndose escoria que solo le hacía daño a la persona que quería, le dijo adiós, convencido de que era lo mejor para ella, aunque doliera. Fue al colgar cuando llamó a Amanda.

Tras casi media hora de caminata, llegó a su casa. Sentada en el portal lo esperaba Silvia, con los ojos rojos e hinchados por el llanto.

– Dame un beso…- no era una orden. Era una petición que reventó la protectora capa de piedra que protegía el corazón de Javier.

Faltaban cinco días para coger el avión que lo alejaría de aquella ciudad de la que ya no quería irse.

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