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.::Pérgamo::.

8 junio, 2010
Longino, sentado en el escritorio mejor iluminado de la sala de escribas, trazaba sobre la superficie del papiro letras diminutas, manejando el cálamo con maestría. Copiaba para su benefactora Atia una de las obras más codiciadas de la biblioteca de Pérgamo, aquella que describía como, por designio divino, los hombres habían asignado a símbolos pictóricos diferentes sonidos, creando el alfabeto y la escritura. Antes de comenzar su trabajo, se había deleitado acariciando la superficie del papiro, recordando su tacto, familiarizándose de nuevo con él, pues hacía tiempo que en aquella sala, no hace mucho llena a rebosar de talentosos escribas, no se disponía de este material.
Alejandría, en su afán por poseer la mayor biblioteca del mundo, había prohibido el comercio de líber con Pérgamo al verse amenazada. Los rollos ya no llegaban, los escribas comenzaban a olvidar su arte, los talleres de papiro habían cerrado al no recibir la materia prima necesaria, y nunca más se volvería a ver en la ciudad a artesanos uniendo los fragmentos de corteza de líber para crear las grandes hojas sobre las que plasmar arte y sabiduría. La ciudad de Longino se había visto obligada a involucionar, a dedicar su fuerza a criar bestias y cultivar alimentos de nuevo y la gran biblioteca permanecía desierta.
Cuando la luz del sol se tornó insuficiente para continuar con su tarea, pidió al guardián de la sala que vigilase el papiro, puesto que era un artículo de lujo en aquellos días, y Longino no quería provocar la ira de Atia. El vigilante rió, nadie podía permitirse el lujo de encontrar una superficie donde escribir aquellos días aciagos por lo que, cuando regresase, el rollo de papiro seguiría donde lo había dejado, en aquella sala caída en desuso.
Mientras esperaba a que la tinta se secase, visitó el local de Senet más grande de la ciudad para distraerse y olvidar, con un vaso de cerveza, la situación de la desgraciada Pérgamo. Distraído, intentando encontrar el motivo por el que los dioses habían decidido desatar su furia contra aquel centro de la sabiduría, se acercó a él su sobrino Tito, inquieto y curioso, dotado de una gran inteligencia. Longino temía estos encuentros, pues ante la insistencia del joven por aprender el arte de la escritura, él solo podía ofrecerle largas. Sin embargo, esta vez el motivo de Tito era otro.
Desganado, acompañó a su sobrino hasta el antiguo taller de papiro en el que había trabajado hasta su cierre. Una vez dentro, el joven cerró a conciencia puertas y ventanas, antes de levantar la tapa de un gran baúl de ébano y sacar de él una fina lámina de un material que Longino desconocía. Tito, con ojos brillantes, le preguntó si serviría como base para la tinta. Su tío no dijo nada y se fue corriendo a la biblioteca. Enrolló descuidadamente el papiro de Atia, ya seco, y cogió su cálamo con seguridad. La tinta se integró sobre el nuevo material con trazos finos y desiguales, más legibles que en el papiro. El escriba no pudo hacer otra cosa que sonreír.
Volvió enseguida junto a Tito para que le explicase qué era aquel asombroso material y preguntarle cómo conseguir más. Su sobrino le explicó que había conseguido que un comerciante persa le explicase cómo crear aquel material a base de piel de oveja, cabra o terneros. Ante las ansias de saber de su tío, el joven le mostró el proceso de fabricación con la piel del ternero que su padre, criador de reses, había matado aquella mañana. Después de sumergirla en cal, la raspó para quitarle el vellón. Ya a la luz de las velas, la limó por ambas caras sobre una piedra lisa, para igualarla y, para terminar, la raspó con una piedra pómez.
Asombrado por haber encontrado el método con el que solventar el declive de Pérgamo, no tardó en visitar a Atia, que gratamente sorprendida, no tardó en dar a conocer el proceso de fabricación y financiar a los antiguos artesanos de papiro para que aprendieran a fabricarlo y remodelasen los talleres para su nuevo menester. La ciudad fue salvada de la caída y la biblioteca volvió a estar llena de escribas.
En una de sus conversaciones con Atia, Longino se dio cuenta de que, cuando una cosa no tenía nombre, no podía presumirse de que esta existiera realmente. Finalmente, y en homenaje a su amada ciudad, decidió nombrar aquellas finas láminas de piel como pergaminos.
Tito, convertido ya en un famoso escriba no dudó en plasmar sobre un pergamino la historia retocada, en la que él mismo había descubierto cómo crear el material sobre el que ahora escribía, y fue admirado por todos sus conciudadanos. Había logrado juntar una fortuna, que ya competía con la de Atia, enseñando el proceso de fabricación del pergamino y se había convertido en un hombre altivo y déspota.
En su lecho de muerte, Longino agarraba la mano de Atia mientras miraba a su sobrino con desprecio, desencantado tras haber leído la historia ficticia de cómo Tito había ideado el pergamino. Jamás había pensado que aquel hombre se hubiera convertido en un mentiroso, un fabulador. Las últimas palabras de la vida del anciano escriba, tacharon a Tito de ser un alejandrino que impedía que el saber fuese propiedad del pueblo, causaron mella en él.
Pasó meses recluido en su villa, arrepentido, con la única compañía de sus pergaminos, cálamos y tintas, hasta que un día decidió enmendar su error. Fue a casa de Atia, donde se encontraba el manuscrito de la historia de la creación del pergamino. La anfitriona lo recibió ofreciéndole un zumo de granada que él rechazó amablemente. Atia lo guió hasta su habitación y le tendió el pergamino, enrollado cual papiro. Cuando Tito lo iba a coger, lo retiró rápidamente y miró hacia un rincón de la estancia, donde había un pequeño cesto de mimbre. Le explicó que dentro había un regalo para él, por su gran labor como escriba. Confiado, él abrió la cesta, pero antes de que le diese tiempo a reaccionar, una cobra enfurecida clavó los venenosos colmillos en su cara. Él se quedó tendido en el suelo, inmovilizado, mientras veía a Atia extender el pergamino sobre una preciosa mesa de ébano tallado. Con una lima, la mujer raspó los lugares del pergamino donde aparecía el nombre de Tito y, mojando el cálamo en tinta negra, trazó los caracteres de su nombre en los espacios en blanco.
Las últimas palabras que Tito presenció en vida, fueron la que Atia pronunció tras una risa siniestra.
“La gloria será mía”.
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