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.:: Swallow Lane, N.º 2 ::.

11 junio, 2010

Brook tenía un buen disfraz adornado con miles de mentiras

Brook ha vivido siempre en el número dos de nuestra calle. La identidad de su padre no la conoce nadie, ni su madre está segura, ella simplemente prefiere no darle vueltas. De pequeña era una niña entrañable con cara de muñeca y muy rolliza, a los diez años su madre la sometió a un estricto régimen a base de apio y demás verduras insípidas. Las hormonas hicieron el resto rápidamente y se convirtió en una bella adolescente de curvas descaradas, la diva entre sus amigas aún sin desarrollar. A los chicos no les pasó desapercibido este detalle.

Comenzó a sentir un odio atroz hacia su madre, por haberse entregado a mil hombres y no conseguir ser amada por ninguno. Se prometió no acabar de la misma forma y comenzó a cambiar su estilo de vestir, pasando por todas las tribus urbanas existentes, creyendo que al controlar su imagen, guiaba su vida. Por las noches visitaba furtivamente la cocina para darse atracones de dulces, pronto le entró el miedo de que nadie la quisiera si engordaba, así que se apuntó al equipo de natación del instituto. Allí conoció a Joy, con la que hasta entonces no había tenido relación, la primera vez que habló con ella la consideraba simplemente un medio para acercarse a Mark, el chico que le gustaba en aquel momento. Pero contra todo pronóstico, descubrió que el entusiasmo de Joy por ser original la hacía mucho más especial que el resto de chicas de la calle, eso las convirtió en inseparables.

Brook perdió la virginidad a los trece con el primo de Zeke, tres años mayor, que visitaba nuestra calle cada verano. Fue una relación rápida, carente de placer, pero el chico se enamoró perdidamente de ella, y Brook descubrió así el modo de doblegar a los chicos a su voluntad. Le encantaba tener siempre un par de pretendientes dispuestos a hacer de esclavos para conseguir que se abriera de piernas, pero era lo suficientemente lista como para llevarlo con discreción, ni siquiera se lo contaba a Joy. Los chicos dejaron pronto de ser un misterio para ella, seguía desconociendo el significado físico de palabras como amor, orgasmo, o “séptimo cielo”, a pesar de ser la más precoz de nuestra generación.

Ver a Joy besándose con Dylan fue el estímulo necesario para enseñarle lo que ansiaba. Quería que su amiga se doblegase como tantos otros lo habían hecho antes, que le prometiera las estrellas para meterse entre sus piernas. Subió a su habitación, y se frotó los ojos hasta que le escocieron tanto que las lágrimas brotaron solas, sabía que los chicos eran más vulnerables a la manipulación con llanto de por medio, supuso que con su amiga pasaría lo mismo. De hecho, fue mucho más fácil de lo que había pensado, Joy se entregó a ella ansiosa y sumisa, por primera vez, Brook pudo dirigir su momento de placer, y domesticó a Joy de tal manera que parecía que esta le leyera el pensamiento. Era una relación demasiado cómoda para dejarla en algo momentáneo. Y lo mejor, absolutamente discreta.

“Te quiero”, Brook lo había dicho tantas veces, sin sentirlo, que cuando se lo dijo a Joy no significó nada. Su amiga, en cambio, se entregó todavía más a la relación. Brook se alegraba de que los padres de Joy no la dejaran salir hasta tarde, así ella podía seguir experimentando con el sexo, lo mejor de su amiga era que se dejaba guiar, que era completamente sumisa, pero los abrazos de una mujer no le daban la misma protección que los de un hombre. Cuando Joy le contó que se iba a un centro para deportistas de élite, se sintió extrañamente contrariada, pero decidió no darle importancia, como siempre. Dos horas después de prometer que no la olvidaría, que no sabía vivir sin ella y demás chorradas sacadas de las revistas para adolescentes, llamó a la puerta de Dylan. Necesitaba hablar con alguien, y desde luego, tratándose de alguien tan pervertido como él, nadie lo creería si decidía divulgarlo. Él sacó un par de cervezas y fingió escucharla mientras observaba su cuerpo apenas cubierto por la provocativa ropa, arte que había perfeccionado el año que estuvo en la universidad. Cuando ella terminó su parrafada, le faltó tiempo para bajarle las bragas. Y por primera vez, Brook sintió los límites insospechados del placer en brazos de un hombre. El prometió no amarla, y ella juró no serle fiel. Brook tardó poco en olvidar a Joy, y le escribió una carta melodramática para zanjar el tema. Punto, pelota, fin de partido.

Dylan y Brook son una pareja sexualmente liberal, con el tiempo han llegado a cogerse cariño, y al fingir ser novios formales evitan los comentarios de las alcahuetas del barrio. Nadie sabe que trabaja como stripper en fiestas privadas. Cuando Brook ve a Joy espiándola por la ventana con su hijo en brazos, se repite “¿Quién quiere amor cuando solo se necesita sexo?”.

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