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Santaflow

2 noviembre, 2010

– Mira quien es, tía.

-¿Quién?

– Ese, joder. El que está apoyado en el fondo del vagón, el del plumas rojo.

– ¿Es un amigo de estos raros tuyos?

– ¿No es el Santa?

– ¿Quién?

– Santaflow tía, el de Desterrados.

– ¡Qué va a ser!

– Lo es.

– ¿Qué dices? Que no lo es, ni en el blanco de los ojos se parecen. Estás cegato – le contesto.

A veces Héctor puede ser un poco pesado. Yo siempre soy muy borde. Me quedo mirándolo mientras observa el final del vagón, entrecerrando los ojos para afinar su vista. Le pellizco la cara interna del brazo para traerlo de vuelta de la inopia. Fuerte. Él grita y todos nos miran por un instante. Sonrío.

El del plumas rojo se baja en la siguiente parada, y el metro vuelve a ponerse en marcha. Tengo sueño, y con el traqueteo me entra más. Pensando que Héctor ya ha olvidado el tema me acomodo en su hombro para echar una pequeña cabezada. Aún quedan 12 paradas.

– Pues yo creo que sí que lo era- me lo dice cuando estoy a punto de caer inconsciente. Me mosqueo. Soy insoportable por las mañanas. Sobre todo si tengo sueño.

– ¿Y si lo era qué? ¿Qué más da si era Santaflow o Santa Claus?

– Si lo era le habría dicho un par de cosas – pone su cara de malvado, digno y misterioso todo a la vez. Sé que espera que le pregunte. Lo hago.

-¿Qué cosas? – arrastro las sílabas, debería de darse cuenta de que no tengo ganas de escucharle, pero no lo hace.

– Primero, le daría la mano y un abrazo de estos que nos damos los tíos así… afectuoso pero muy macho. ¿Sabes lo que te digo?

“Ajám”, murmullo. Vuelvo a apoyar la cabeza en su hombro esperando que no gesticule demasiado. Al menos con su brazo izquierdo.

– Y le daría las gracias – esto sí que es demasiado para mí. Me levanto de golpe y lo miro insistentemente, pidiendo una explicación a esa soberana tontería que acaba de salir por su boca.

– Las gracias, tía, las gracias. ¿Qué pasa?

– ¿Te dejó dinero, te ayudó a cambiar la rueda del coche, te coló en un concierto… qué hizo por ti?

– Pues escribir la canción Aquel Chico– resoplo. Le agarro el brazo para que no lo mueva y vuelvo a apoyar mi cabeza sobre él, mientras sigue hablando-. Esa canción marcó mi adolescencia, aún hoy la escucho y me vienen tantas cosas a la cabeza… Supo entendernos a toda una generación, y creó una letra atemporal y universal.

Le acaricio el brazo suavemente por encima de su sudadera, farfullando “ya será menos”, medio dormida.

– Pero justo después le metería un gancho de derecha… que lo dejaría empotrado contra la pared como un dibujo egipcio.

Si  Héctor no me hubiese hecho levantar la cabeza cuando simuló su famoso y recurrente “gancho de derecha”, la habría levantado de todas formas  para mirarlo incrédula. Alzo las cejas para invitarlo a explicarme por qué esa bipolaridad repentina.

– Nadie puede crear una canción tan asquerosamente buena y luego hacer una versión acortándola cinco minutos, poniéndole guitarritas, coritos de marica y salir con un corte de pelo plagiado del hijo de Aída. ¡No se puede!

Renuncio al sueñecito y, resignada, me acomodo en mi asiento y lo miro escondiendo mis labios dentro del cuello abrochado hasta arriba de mi cazadora. Cuando se pone así, no hay quien lo pare.

-Se lo merece, por idiota, por venderse… Mira que hay pocas versiones de canciones buenas, pero versionarse a uno mismo… ¡Para venderse! Es que aún encima… ¡Qué canción más mala! Ya hay que ser imbécil…

Levanto la cabeza para acomodarme, lo que Héctor interpreta como una intención clara de interrumpirle. Sigue hablando antes de darme pie a decir nada, aunque no tenía pensado hacerlo.

– Y sí, tu me dirás: “Pues habrá a gente a la que le guste más la versión nueva”. ¡Mierda! Tío, si estás ahí es por los que te hemos escuchado y te compramos el disco cuando aún no eras un vendido.

Me habla como si yo fuese él. Temería que me aplicase su “gancho de derecha” si Héctor no supiese que lo mataré cinco veces antes de tocar el suelo como se le ocurra.

– Es que no hay derecho, tía, no hay derecho. Se merece esa hostia. Las gracias también, pero ese gancho no se lo quitaba nadie.

“Héctor el vengador de los puristas”, pienso. Le doy un beso y le cojo la mano, parece que ya está más calmado. Entonces, a seis paradas de nuestro destino, él se queda dormido y no se da cuenta de que Santaflow ha entrado en el vagón.

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2 comentarios
  1. buen ritmo, intenso, amable, me gusta y recuerdo a tantas gentes con las que me he encontrado en el metro. Extraño el metro, extraño la voida en la gran ciudad y sus iconos…

  2. Hola, he visto te mudabas de “casa” o mejor dicho de “arenas” como los gatos, y me he decidido a hacerte una visitilla, ya que hacía mucho no te leía.
    Yo publico finalmente mi primer libro “CUENTOS INSOLUBLES” en esta semana.
    Espero tengas mucho éxito en este nuevo site. Tienes un estilo fresco y de agradecer¡¡¡¡

    Saludos

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